ERASE QUE SE ERA… UN HOMBRE NUEVO

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Hace tan sólo unas décadas la moral sexual era completamente diferente para las mujeres y los hombres.

A partir de la revolución sexual, la expansión de las grandes ciudades, la sobrepoblación, la píldora, las crisis económicas y la comercialización de lo sexual, se provocó que los roles sexuales cambiaran más en estos años que en el resto de toda la historia del Hombre.

Tradicionalmente en esta cultura, el papel y quehacer del varón estaba siempre en la calle; desde pequeño, los amigos y la pelota eran sus mejores compañeros. En las calles se hacía «hombre».

Los padres sobre todo los padres varones pensaban que no existía peligro alguno que el hijo no pudiera experimentar y resolver; al contrario, era deseable que desde chiquillo le pasara algo para empezar a esculpir su masculinidad y a enriquecer su historia.
La comunicación de la madre con el niño era poca, eran tantos los hijos en esos tiempos que los padres se encargaban de controlar y disciplinar a los niños, y las madres en casa, de cuidar a las niñas.

El trato paterno para el niño se caracterizaba por la rudeza, la exigencia y la disciplina rígida; es común entre los adultos alrededor de los 50 años recordar haber sufrido golpizas que les propinaban sus padres a efecto de corregirlos.
Curiosamente no había traumas ni resentimientos al respecto, era la forma de educar, y los castigos físicos no tenían otro significado que «formar», de tal suerte que los resultados eran aparentemente buenos: había respeto y cumplimiento de obligaciones, los niños se convertían en buenos trabajadores y hombres «de bien».
Esto en lo que se refería a su quehacer fuera de la casa, pero, ¿cómo eran en casa, con su pareja y con su familia estos buenos hombres?, ¿qué sucedía con ellos?

El hombre de antes había aprendido que a las mujeres de casa se les respetaba, a ellas se les cuidaba, protegía y mantenía.
Pero estos varones también aprendieron que existían «otras mujeres», con las que el padre se divertía, con las que se desvelaba o viajaba, aquellas que aceptaban el relajo y muchas fiestas imposibles de vivir en casa.
El padre se encargaba de hacer cómplices a sus hijos tempranamente; parte de la «hombría» entendida entonces consistía en enterarlos de todos los «dimes y diretes» acerca de la conquista y la compañía de las «damas», tanto como facilitárselas
para que se iniciaran a disfrutar los placeres del sexo.

Los varones de esos tiempos aprendieron que había dos clases de mujeres, las de casa o las buenas, y las «otras». Aprendieron una moral para la casa y otra para la calle, y con ésta; una forma de comportarse en casa, un lenguaje, un estado de ánimo, y otro repertorio, completamente diferente con los amigos y amiguitas; un doble código que poco a poco iba provocando una escisión en sus vidas, una incongruencia cada vez más desintegradora de sus personalidades, una doble vida que en lugar de multiplicarla, iba dividiéndola.
Abundan, todavía, los maridos educados en esa época, hombres trabajadores, sí, aparentemente ejemplares que tienen por ahí a su amante, por allá su casa chica, y acullá otros hijos que de repente le inquietan la conciencia.
Las mujeres de antes así lo permitían, era un «acuerdo» de esa época.
Pero los tiempos y las circunstancias hacen cambiar y esos padres escisos se enfrentan hoy al cambio, y a unos hijos diferentes, a unos chicos ya no más educados bajo sus lemas ni por su mano dura.

Fueron las crisis económicas que obligaron el cambio, el materialismo en avanzada que los obligó a trabajar horas extras, fueron las horas cada vez más escasas para ellos, que los maridos cada vez tenían menos tiempo y ganas para lidiar con los hijos.
Las circunstancias cambiaron extremadamente, sin advertirlo casi, las familias se restringieron de 8 a 10 hijos a dos o tres; y la madre, sin tanto quehacer maternal le quedó tiempo para encargarse tanto de hombres como mujeres.
La calle se convirtió en un entorno peligroso que ponía en riesgo incluso la seguridad de los varones.
Por mucho tiempo se pensó que las únicas que podían ser robadas y secuestradas eran las niñas, ingenuamente; que las jovencitas, las únicas que podían ser violadas, cuando de repente, un día, los mismos adultos son sensibles víctimas de delito.
Cuando se dan cuenta, las madres tienen que educar también a los varones igual que a sus hijas, tienen que amarles lo mismo que regañarles dentro de casa.

Y poco a poco, van surgiendo los nuevos varones que no fueron educados en la calle, sino en su casa, cerca de su madre.
La televisión cayó del cielo y vino a evitar que los niños salieran a exponerse a la calle. Los niños y las niñas comenzaron a compartir más tiempo juntos, y a recibir una educación más uniforme.

Los adolescentes, al estar más en casa, empezaron a tomar partido por sus madres y a reprobar el comportamiento anticonyugal del padre.
Los varones empezaron a sentir vergüenza por su libertinaje, coraje ante su hipocresía; por primera vez, los hijos sintieron la ira y el odio cuando descubrieron los enredos y los engaños de su padre, compartieron el sufrimiento y el desamor vivido por su madre, y prometieron nunca ser igual que ellos.

Y crecieron, y la presencia de enfermedades de transmisión sexual aunado a filosofías feministas facilitaron que optaran por sus amigas para divertirse, las «otras» mujeres comenzaron a extinguirse y quedó una especie solamente.
Se convirtieron en hombres, y empezaron a buscar una mujer para compartir su vida, su trabajo, su casa, su placer.
Desde entonces no quieren una mujer buena y abnegada para la casa y otra fácil para la cama. El nuevo varón desea una mujer completa, que sea capaz de vivir intensamente, que se atreva a correr riesgos junto a él, que sea tan inteligente y creativa como para hacer siempre interesantes los encuentros, como tan apasionada para saborearse íntimamente.
El nuevo hombre no se conforma con mitades, ni le hacen feliz las dobles vidas; el hombre nuevo desea una sola vida, integra, plena, intensa.

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