16 mayo, 2025 Por Josefina Leroux

ODISEA DE LAS MADRES

Josefina Leroux

A propósito del Día de la Madre, celebrado hace unos días, sirva esta reflexión hacia la figura materna como mito en nuestro país.

Qué nadie se atreva a decir algo en contra de nuestra madre. “Chinga tu madre”, es la frase más ofensiva que existe en nuestro lenguaje.

Paradójicamente, los hijos son los primeros en maltratar a su madre. Ah! pero que no sea el día de las madres porque los regalos que se compran para ellas, convierten esa fecha en la de más ventas del año.

La madre encierra una doble moral, tiene un pecho bueno y otro malo. La metáfora de Melanie Klein, significa que, por un lado es motivo de  alabanza por un amor abnegado.., pero al mismo tiempo la que provoca decepciones y sufrimiento.

Esta imagen simbólica no se refiere literalmente al pecho, sino que representa cómo el bebé, en sus primeras etapas de vida, experimenta y organiza el mundo emocional a través de la figura materna.

La metáfora del pecho bueno y malo es una imagen poderosa del origen emocional del ser humano. Revela cómo construimos el mundo interno a partir del vínculo con quien nos cuida, y cómo ese vínculo deja huellas en nuestra capacidad de amar, odiar, reparar y vivir en relación.

La relación con la madre es posiblemente una de las más difíciles por vivirse. En terapia, sale a relucir por consultantes varones o mujeres, jóvenes o viejos, porque la madre está incrustada en lo que somos.

En la figura de la madre están depositados los ideales de una sociedad que aspira que sea ella la que enseñe los valores de la siguiente generación. Pero a la vez, para hijos e hijas, que sea ella quien los libere y garantice no sólo la supervivencia sino el éxito y la felicidad.

Quizás sea una de las razones por las que sea declarada culpable cuando su amor no alcance para lograrlo.

Porque en este mito moderno, la madre no tiene derecho a fallar. Su humanidad está negada por la expectativa de perfección, su deber ser: incondicional, incansable, intuitiva, paciente, amorosa, sabia, disponible y feliz.

Si algo en la vida del hijo no resulta como esperaba, la culpa fácilmente apunta hacia ella. Así, la madre no sólo es el “pecho bueno” que todo lo da, sino también el “pecho malo” al que se le reprocha lo que falta, lo que duele, lo que duele demasiado.

Pero, ¿quién ve a la madre como sujeto, como una ser humano que también necesita? ¿Quién escucha a la mujer que hay debajo de ese rol asfixiante? La maternidad en nuestra cultura está más cerca del sacrificio religioso que de una experiencia vital compartida. La madre debe inmolarse, y hacerlo con una sonrisa.

En el fondo, el mito de la madre está construido para sostener un orden social. Un orden que se sirve de ella como base emocional, pero que la silencia como persona. Una madre que duda, que se equivoca, que se cansa o que se arrepiente, se sale del guion. Una madre que desea algo fuera de los hijos, o que pone límites a su entrega, es mirada con sospecha, a veces con odio; es juzgada por la gente y por los hijos, como una mujer egoísta y despreciable. Quizá el juicio de mala madre sea el peor que pueda decirse de una mujer.

Por eso, la maternidad puede vivirse como una odisea: un viaje largo, solitario, exigente, con momentos de ternura y orgullo, sí, pero también de pérdidas, ambivalencia y duelo. Porque en ese viaje, muchas mujeres descubren que para ser “buenas madres” han tenido que vivir otros duelos y dejar de ser otras cosas: hijas, amigas, artistas, amantes, pensadoras, ciudadanas.

Y sin embargo, ahí siguen día tras día, sosteniendo vidas, organizando rutinas, acompañando miedos, educando, cuidando, perdonando. A veces sin reconocimiento, a veces sin compañía, a veces sin saber muy bien cómo. Algunas huyen, otras colapsan, otras persisten, otras se reinventan. Pero todas, con fallas y aciertos, dejando huellas profundas en quienes somos.

La odisea de las madres no es la de las diosas, sino la de mujeres reales, de carne, deseo y memoria. Mujeres que no caben en el altar de los ideales ni en el infierno de las culpas.

Si algo pudiéramos hacer como sociedad por ellas es liberarlas de ambos extremos, para mirar a las madres no como mitos que se veneran o se insultan, sino como personas con necesidades.

Porque solo cuando dejemos de esperar que las madres sean todo para todos, podremos empezar a construir relaciones más justas con ellas, y con nosotros mismos.

Y entonces sí, tal vez por fin podamos amar a nuestras madres sin devorarlas..