SABERSE QUERIDO

Sentirse querido

Suelo preguntar a mis consultantes ¿te sabes querido? Inmediatamente responden con un movimiento de cabeza afirmativo antes de terminar de decirles.
Repito la pregunta a otro nivel. Y ¿te sientes querido? Un silencio se escucha por algunos minutos. A veces algunas lágrimas ruedan por las mejillas, los ojos enrojecen y contienen vidriosos el dolor. No, acaban contestando la mayoría de las personas. Esa experiencia está en el fondo de sus problemas, de su tristeza o vacío.

Decir que se ama, actuar como si se amara a alguien es hasta cierto punto fácil de lograr. Pero hacer sentir el amor profundamente y expresarlo es otra cosa vivida excepcionalmente. La necesidad afectiva está presente desde el nacimiento hasta la muerte y su carencia lleva al sufrimiento, la enfermedad o la precipitación del fin de la vida.

Sentirse querido implica que alguien celebre nuestra existencia, que nos cuide y proteja, alguien que esté cerca y nos escuche. Nos han dicho que los padres son las personas que más aman después de Dios, pero no siempre es cierto. Para infortunio del que le toca sufrir el desamor de sus padres, si no lo obtuvo de ellos difícilmente lo tendrá de otros. No porque sea una maldición o haya sido predestinado.
La carencia afectiva origina también un pobre amor propio. Es como una deducción casi lógica. “Si mis padres no pudieron quererme ha de ser porque no valgo o porque soy odiosa”, me compartía una joven.
Es raro que un hijo caiga en cuenta que si sus padres no pudieron amarlo fue por problemas de ellos mismos, por sus miedos o sus carencias.
Además de las emociones sentidas, las necesidades afectivas llevan a buscar y perseguir el amor, a pedirlo y suplicarlo causando acoso, hostigamiento a veces, o hartazgo.

El amor es espontáneo

El amor no puede forzarse ni pedirse desdichadamente. Cuánto más se le sitie, más huidizo, más lejano permanecerá. La decisión de la búsqueda deja una sentencia voluntaria aunque inconsciente: vivir dependiente de por vida.
Complacer es otra forma para conseguir ser aceptadas y queridas las personas. Una forma de decir, “mira que buena soy, quiéreme”, claro, sin ninguna garantía de lograrlo, al contrario. Bastante común es el hecho del desaire a los buenazos.
Se asocian con debilidad y devaluación. Lo bueno cuesta; es una frase grabada en el inconsciente colectivo.
Bastara invertir el proceso y en vez de pedir a gritos “quiéranme”, pudiera empezarse a hacer sentir querido a otro activamente. La dificultad estriba en que ante el propio vacío no hay mucho que dar.
Dar, está íntimamente ligado con el recibir, son inseparables en la especie humana. Para amar se necesita haber sido amado casi invariablemente.
Sólo seres excepcionales pueden abandonar su ego herido para volcarse hacia los demás.
Existe una propuesta cultural basada en el intercambio triangulado de dar- recibir – devolver. Para devolver se necesita haber recibido y para esto, que alguien haya dado.
Amar sin antecedente es un riesgo al que pocos se aventuran. El miedo al rechazo se interpone.

No importa lo que me espera, yo deseo estar con el corazón abierto.
Que no tenga miedo de poner mi brazo en el hombro de alguien. Que yo no tema hacer algo que nadie hizo antes, hasta que me hieran. Déjame ser tonto hoy, porque la tontería es todo lo que tengo para dar esta mañana. Me pueden reprender por eso, pero no tiene importancia, mañana, quien sabe, yo seré menos tonto.
Cuando dos personas se encuentran deben ser como dos lirios acuáticos que se abren de lado a lado, cada cual mostrando su corazón dorado, y reflejando el lago, las nubes y los cielos.
No logro entender porqué un encuentro genera lo contrario de esto: corazones cerrados y temor a los sufrimientos..

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Kahil Gibran, septiembre de 1920.

Crecer y madurar marca la diferencia. La postura pasiva de esperar el amor se transforma en actitud y acción para amar. Amar con dignidad, lo que significa amor propio para empezar. Autonomía para ser y estar que evite la dependencia y la espera inútil que lastima.
Dice Gibran que no logra entender porqué un encuentro genera corazones cerrados y temor a los sufrimientos. Es la experiencia vivida la que aprisiona al corazón y lo vuelve temeroso. No sabe de razones para volver a mostrarse como libro abierto.

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