CONDENAR O COMPRENDER

condenar-comprenderNo intento promover un estilo de vida que debe estar a juicio de cada uno, sino de hacer una reflexión para comprender la repulsión y homofobia de las que son objeto los homosexuales.
Mi opinión acerca de la homosexualidad ha cambiado. Al principio de mi carrera, influida por lo que decía mi religión al respecto y las actitudes heredadas de mi cultura, también reprobaba esa orientación.
Conforme han pasado los años y he profundizando en el estudio de la sexualidad; conforme he tenido la oportunidad de conocer homosexuales, mis actitudes hacia ellos se han modificado, pues me he dado cuenta que son más similares que distintos a los heterosexuales, y que su enorme padecer es causado por la sociedad que los repudia.
Un 10 por ciento de los que escriben a mi columna, otro tanto de los que acuden a mi consultorio, son jóvenes homosexuales que viven un doloroso conflicto entre lo que sienten ser y lo que su familia y la sociedad esperan que sean.
Un dilema entre ser y pertenecer, que frecuentemente les provoca graves depresiones, ideas, intentos o actos suicidas.
Lejos de vivir estos homosexuales como muchos los imaginan, estos muchachos pasan sus días atormentados en su lucha, negándose a sí mismos, tratando de enterrar sus sentimientos, sepultando todos los días sus tentaciones, echándole tierra a sus sueños.
Sensaciones que les surgen inesperadamente, asaltándolos en cualquier momento; sueños de los que no son responsables. Todo debe reprimir; es el precio para que su sociedad los acepte.
“¡Que controlen!”, dictan los conservadores; “¡que se abstengan!”, “¡que cambien!”.
El hecho sexual por siglos se consideró pecado si no estaba asociado a la reproducción. Todavía lo sería si científicos adelantados a su tiempo no hubiesen aportado sus hallazgos y lanzado sus teorías; aunque es su época fueron excomulgados, gracias a ellos podemos vivir hoy y compartir nuestro erotismo con una pareja, sin necesidad de reproducirnos cada nueve meses.
Sabemos hoy que la sexualidad no sólo tiene la finalidad de la reproducción, sino también la de proporcionar placer, la de facilitar una mejor comunicación y alcanzar la mayor de las intimidades. Sabemos hoy que también es una vía para vincularnos afectivamente.
En otros tiempos, la jerarquía de la Iglesia católica juzgaba como inadmisible el placer dentro del matrimonio (léase San Gregorio). Otros comportamientos asociados a la sexualidad también eran severamente censurados, entre otros, la circuncisión.

Los pecados sexuales
Lo que hoy se entiende por homosexualidad, anteriormente se llamó “sodomía”, “pecado contranatura”, “delito nefando”, o “inversión”. El término homosexualidad fue introducido por el húngaro alemán K.M. Benkert en 1869.
Uno de los argumentos que ofrecen quienes la repudian, es que la homosexualidad es antinatural; la tesis que defienden es que el hombre nació sexuado para reproducirse con la mujer.
Pero a lo largo de la historia, según la época y la cultura, los homosexuales han tenido que cumplir otras funciones dentro de las sociedades que justificarían su orientación. No así en nuestra cultura, y desde la óptica de una ideología por la que se le ve todavía como un degenerado.
El repudio homosexual se finca en ideas que provienen de muy atrás en la historia.
Curiosamente, no existen citas de palabras de Jesús en contra de los homosexuales. San Pablo y Santo Tomás de Aquino son algunos personajes claves de la historia en contra de la homosexualidad. Santo Tomás distinguía entre los pecados sexuales, los “secundum naturam” y “los contra natura”. Los primeros, los que no se oponen al fin de la procreación; los segundos contra la naturaleza, los que excluyen la posibilidad de la procreación.
Las relaciones sexuales vía oral y anal eran consideradas perversiones en ese tiempo. (Hoy, los juicios han cambiado y estas prácticas son “permitidas” dentro del matrimonio por muchos jerarcas católicos).
Muchos códigos y leyes continuaron considerando la sodomía un acto reprobable e indigno. Desde Justiniano hasta la revolución francesa, se consideró un acto punible con la muerte en todos los países cristianos.
Fueron estos conceptos y estas leyes las que activaron las reacciones de aversión y repulsión de los heterosexuales hacia los hermanos homosexuales por su “vicio contra la naturaleza”.
No mencionan esos códigos ni esas leyes la necesidad afectiva ni el potencial erótico, siendo aspectos intrínsecos de la sexualidad tan naturales y humanos como la reproducción.

Las costumbres griegas y romanas
Pero no sucedió lo mismo en todas las sociedades. Cuando la sexualidad se vivía en forma natural -quiero decir, cuando no había influido es éstas la civilización- numerosas culturas (ajenas a códigos judeocristianos) utilizaron y siguen haciéndolo, ritos de iniciación que incluyen la práctica homosexual como noviciado del varón rumbo a la adultez.
Quizás influya el contacto con la naturaleza y los animales, en los que se observan contactos sexuales con criaturas del mismo sexo, en lo que se ha interpretado como un aprendizaje sexual.
En la Grecia antigua, el amor homosexual no sólo era tolerado, sino regulado por el Estado con la finalidad de evitar la sobrepoblación.
En Roma, la homosexualidad era considerada normal si cumplía algunos requisitos: si estos placeres no acaparaban la atención del ciudadano como para desatender otros quehaceres; o si se relacionaba con esclavos o personas inferiores, siempre y cuando el ciudadano ejerciera la parte activa.
A pesar de existir una ley Sacantinia, que prohibía la homosexualidad, sólo se aplicaba en la práctica a menores de edad.
En el siglo III se difundió la idea de que el cuerpo es la tumba del alma. Se promueve la abstinencia de la carne para llegar a refugiarse en un espiritualismo exacerbado.
La condenación de la homosexualidad fue iniciada indirectamente por el estoicismo, que fomentaba un dominio completo de uno mismo, así como un control de los impulsos y las pasiones, pero continuó su sentencia con el cristianismo hasta nuestros días.
Varias veces ha tenido que pedir perdón el Papa por las equivocaciones de la Iglesia. No dudo que muy pronto, quizá antes de que termine el siglo, lo pedirá a los homosexuales por la marginación y alienación que les ha provocado sus posturas, que, lejos de colaborar a entender su problema, ha llevado a magnificarlo.

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