DESEAR

deseoTodo lo doy a cambio del deseo. -Julio Cortazar

El tema del deseo adquiere vigencia en el siglo veintiuno. Paradójicamente en una época materialista donde el consumo es el quehacer más común de grandes y chicos, parecen haberse agotado los deseos, hoy, que casi todo puede comprarse, adquirirse, tenerse. Porque cuando todo se tiene, el problema es qué desear. Es la triste historia de los ricos.
La curiosidad no se agota todavía en torno a esa energía tan humana.
Desde los primeros filósofos Platón y sus discípulos, se preguntaban sobre el deseo y cuándo surge. Cuando no se tiene, se desea. Así de simple, concluyeron.
Qué drama entonces provoca el tener.
Aristóteles consideraba el apetito una parte del alma, de la psique. Creyó este filósofo que, detrás del movimiento está siempre el deseo que mueve a la acción, aún contrariando a la razón. Y a la moral, “yo sé que está mal”, dice la gente, “pero, no puedo dejar de perseguir lo prohibido, que es fuente de deseo a menudo. Esta escisión entre lo que ansiamos y lo que debemos querer, es lo que causa pavor a las religiones en torno al deseo.
Aún así, es inevitable. Las carencias incitan el deseo, los sueños, a perseguirlos a toda costa. En la necesidad de todo, qué desear también es problema. Aunque lo más urgente se impone sin libertad de elección. Con hambre, qué desear sino comida. Según la escala de valores, o lo biológico de las necesidades, se jerarquiza la ordenanza de su cumplimiento.

Incompletud

Nuestra vulnerabilidad e incompletud queda al descubierto con el deseo, la necesidad de algo, de otro ser. Pero desear revela también nuestra potencialidad de trascendencia. Deseando salimos de nosotros mismos y vamos a otro con la esperanza, y también con la angustia ante la posible ignorancia o rechazo.
Afortunadamente, para seguir deseando, la fugaz satisfacción del deseo no se compara jamás con las expectativas. Nos mueve la esperanza, nos anima que la próxima pueda ser abastecido y colmado nuestro deseo.
Decía Locke que llamamos deseo al malestar que provoca en un ser humano la experiencia de ausencia o de la carencia de algo, cuya posesión un instante se siente como un deleite o una satisfacción.
La saciedad colma el deseo de momento hasta nuevas necesidades, como en ciclos. El deseo nos pone en la posibilidad de ser, en el lugar de la esperanza que encuentra un sentido y fin a la necesidad.
Finalmente, ha sido nuestro deseo de saber y hacer, de lograr algo, lo que sigue llenando las páginas de la historia de la humanidad.

El deseo erótico

Mujeres y varones desean distinto.
El deseo entre los sexos es equitativo sólo al principio del romance, encontró D. Klusmann, psicólogo de la Universidad de Hamburgo. Avanzada la relación de pareja, “él quiere siempre; ella rara vez”.
1865 estudiantes heterosexuales entre 10 y 32 años con una pareja estable fueron los participantes de su estudio. Cuánto más tiempo llevan juntos, peor se hace la brecha entre las ganas que tienen cada uno de los sexos de gozar y complacerse eróticamente.
Setenta y seis por ciento de los varones, contra el veintiséis de las mujeres de la muestra, mantienen el mismo deseo erótico. Resultados que el investigador interpreta a la luz de la teoría evolucionista que sostiene que la conducta sexual, entre otras, tienen el sentido finalmente de asegurar la supervivencia de la especie.
‘Los hombres se aseguran el éxito reproductor al hacer feliz a la mujer con altas cantidades de esperma. En contrapartida, para las mujeres la sexualidad está ante todo al servicio del vínculo. Y por ello rige la premisa de que al principio, cuando el vínculo es inestable, hay que invertir mucho deseo. Más tarde, cuando la mujer está segura de tener en la mano al compañero, basta con un par de arrumacos esporádicos que ahorran energía’, interpreta este psicólogo.
En otras palabras, el deseo varonil se relaciona con hacer suya a la mujer y darle hijos. En contraste, lo que desea la mujer es que permanezca el padre; cuando lo tienen seguro sale sobrando el deseo.
Además de lo que implica esta teoría para la conservación de la especie humana, habría que reflexionar en otro nivel, lo que consume el deseo femenino y lo que incita el masculino.
La consistente ausencia de caricias amatorias desgasta gota a gota el ansia femenina. El desamor del diario vivir extingue el deseo que se intercambia por el anhelo de ser amada. No ocurre al varón, que satisface su deseo en todos sus intentos acompañándolo con el climax impersonal.

Necesidades y deseos

Vivimos obsesivos, pero inconscientes de nuestros verdaderos deseos, sin percatarnos del abismo entre éstos y las que hemos hecho nuestras necesidades. Existimos, sin dar cuenta que la única posibilidad de desear es necesitar, pero hacerlo vehemente, involucrando el alma que quiere otra para trascender y habitar. Saber qué desear entonces, se convierte en un problema porque no diferenciamos lo propio de lo ajeno.
El deseo se ha culturizado y mediatizado. Nos enseñan, nos propagan qué desear y a quién desear sin el menor recato, cuando el deseo auténtico es subjetivo.
Sin sujeto, no hay libertad ni deseo real y sólo necesidades introyectadas de otros. Deciden por nosotros qué desear para uniformarnos, normarnos y controlarnos. Si es así, no hay un sujeto que deseé.
Porque el Sujeto es un ser en conciencia de otro, dice Lacan. El deseo es el otro ( y nosotros mismos).

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